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2015 Jun 12 La conexión Irán-Contras-Narcos. Entrevista con J. Jesús Esquivel*. Ariel Ruiz Mondragón.

Un caso que causó gran conmoción no sólo en México sino en Estados Unidos fue el secuestro, tortura y asesinatos del agente encubierto de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus sigla en inglés) Enrique Camarena Salazar, y del piloto Alfredo Zavala Avelar, en febrero de 1985. El escándalo generado fue mayúsculo a nivel internacional.

Debido a lo anterior el gobierno norteamericano inició una profunda investigación llamada Operación Leyenda, así como una intensa persecución de los responsables de aquellos homicidios, para lo cual recurrió incluso a actividades ilegales.

Como responsables de aquellos hechos fueron muy pronto capturados dos líderes del Cártel de Guadalajara: Rafael Caro Quintero (quien fue liberado en agosto de 2013) y Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto.

Si bien entonces se denunció el contubernio entre los narcotraficantes y el gobierno mexicano, quedaron muchos cabos sueltos. Ahora se ha ahondado en una línea de investigación periodística: la participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en aquellos hechos.

En su libro La CIA, Camarena y Caro Quintero. La historia secreta (México, Grijalbo, 2014), J. Jesús Esquivel profundiza en ese tema basado en diversos documentos y en cuatro testimonios clave: los de tres testigos protegidos en Estados Unidos, policías mexicanos que estaban al servicio del Cártel de Guadalajara, y el de Héctor Berrellez, quien encabezó las investigaciones de la DEA sobre el asesinato de Camarena Salazar.

De esas indagaciones se derivan algunas hipótesis: la participación directa del agente de la CIA Félix Rodríguez en los crímenes, y la existencia de una conexión entre Irán, los contras de Nicaragua y los narcos mexicanos propiciada por esa agencia.

Replicante conversó con el autor, quien es licenciado en Periodismo por la Escuela Carlos Septién. Ha colaborado en medios como Televisa, TV Azteca, El Sol de México, Notimex, el Instituto Mexicano de la Radio, Voices of Mexico y actualmente en Proceso. Es autor del libro La DEA en México.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir hoy un libro como el suyo, sobre todo porque son hechos que ocurrieron hace 29 años?

J. Jesús Esquivel (JJE): Porque uno de los principales actores de esos acontecimientos de 1985, quien fuera el responsable de una fricción en la relación bilateral porque fue acusado directamente del asesinato de Enrique Camarena Salazar, Rafael Caro Quintero, hoy se encuentra libre. Esa libertad provocó una gran molestia y una reacción crítica del gobierno de Estados Unidos contra el de México, ya que asegura que tal vez pudo salir de la prisión por corrupción, mientras que el gobierno mexicano dijo que fue por errores procesales. Pero está claro que los abogados de este hombre simplemente acertaron en su solicitud de apelación, que los argumentos tenían sustento porque Kiki Camarena no era diplomático.

El tema vuelve a nacer. Proceso logró conseguir información relacionada con él, y aparecieron nuevos actores: la CIA como participante en el secuestro, tortura y asesinato de Camarena, aunque no como autora del homicidio pero sí como corresponsable.

Fue el 7 de febrero de 1985 cuando se detuvo a Camarena Salazar, agente de la DEA, para interrogarlo en una casa en Guadalajara, controlada por los principales cabecillas del Cártel de Guadalajara.

 

AR: Buena parte del libro está sustentada en las declaraciones de tres testigos protegidos, a los que en el libro se les llama José 1, José 2 y J33. ¿Qué tan confiables le parecen sus declaraciones? Como se lee en el libro, fueron, al mismo tiempo, policías y criminales, delincuentes que finalmente fueron premiados por el gobierno de Estados Unidos.

JJE: En primer lugar, me costó demasiado trabajo que el gobierno estadounidense accediera a que yo los entrevistara. Yo no sabía en realidad a quiénes iba a entrevistar, y le restas credibilidad a este tipo de gente, pero quieres saber qué te van a contar. Además, me cuentan que uno de ellos fue el jefe de seguridad de Ernesto Fonseca Carrillo, y él en sus narraciones habla en primera persona: “Es que fuimos, y estábamos, y me decía…”.

Héctor Berrellez, el director y supervisor de Operación Leyenda, me decía: “Este era el hombre de más confianza de Fonseca Carrillo”. A J33 lo arrestaron junto con él después de que se descubrió todo lo de Camarena.

Algo que le da sustento a sus declaraciones (de las que no te puedo dar ninguna garantía de que sean ciento por ciento verídicas) es que, a diferencia de lo que se hace aquí en México, los testigos protegidos firman un contrato con el Departamento de Justicia de Estados Unidos, en el que se les hace una advertencia por parte de la Fiscalía Federal: cualquier declaración que hagan se va a investigar para comprobar si es cierta (que aquí es lo que no se hace); si es mentira, además de quitarles el estatus de testigos protegidos los van a meter a la cárcel porque cometieron muchos delitos.

Sus testimonios se han utilizado para muchos juicios en Estados Unidos, en Cortes federales. Algo han de estar diciendo de verdad, porque si no casi 30 años después no serían testigos protegidos de Estados Unidos con un estatus de residencia permanente, con la asistencia económica y con la garantía de que toda su familia directa se encuentra con ellos.

Otra cosa que quiero decir ante todo esto es que Estados Unidos les perdonó todo tipo de crímenes. Obviamente, cuando hablé con ellos nunca me dijeron “yo maté”, “yo participé”; ellos sólo fueron testigos, pero Berrellez me dijo: “J1 era especialista en manejar el cuerno de chivo y era un hombre muy temido”, y agregó: “Mataron a mucha gente”.

La razón por la cual a mí sus declaraciones se me hacen muy interesantes y valiosas para este libro es para poder hacer, sobre todo, una descripción de cómo operaban los narcos en esos años —que no hay mucha diferencia de cómo operan hoy.

De todo lo que está en el libro tanto hay documentos como las grabaciones, que están disponibles para quien las quiera. Pero tuve que eliminar muchas cosas muy interesantes, muy graves, muchos nombres e incidentes, pero que no pude corroborar; de otra manera, se hubieran publicado.

 

AR: Uno de los aspectos más interesantes del libro es que destaca que el caso Camarena estuvo insertado en un juego geopolítico que, por supuesto, va mucho más allá del Cártel de Guadalajara. Se trata de un triángulo, digámoslo así, Irán-Contras-Narcos. ¿Cómo describe ese contexto internacional?

JE: A nosotros los mexicanos el caso Camarena nos despertó del letargo que teníamos y descubrimos de pronto el narcotráfico. Pero cuando hablamos de Camarena y la DEA nos encerramos en esa burbuja de esos años, en el puro narcotráfico; pero en esos mismos años ochenta Ronald Reagan estaba más inmerso en evitar que la Unión Soviética influyera en la región. Estaban las guerras civiles y las revoluciones en Centroamérica.

A la CIA, como la agencia de inteligencia de Estados Unidos más importante, el narcotráfico no le importaba absolutamente nada; el objetivo que tenía era evitar a toda costa que los soviéticos tuvieran influencia y presencia en el hemisferio.

¿Cuál es un factor importante para poder actuar en esos años con el escándalo de Irán y los Contras de Nicaragua? ¿Cómo les iban a hacer llegara estos las armas de Estados Unidos? México comparte una frontera enorme con ese país. Entonces la CIA operaba en México con Félix Rodríguez —que históricamente ha sido una especie de mercenario en el hemisferio, cuya carrera incluye la captura del Che Guevara, por ejemplo—. Este cubano, con las relaciones que tenía con el gobierno mexicano, contactó con el Cártel de Guadalajara. Supongo yo que a sus líderes les ha de haber hecho una propuesta fenomenal a cambio de que le ayudaran con toda su estructura criminal para pasar ilegalmente las armas de Estados Unidos y llevarlas hasta Nicaragua.

Por ejemplo: “¿Qué les parece si aprovechamos sus contactos en Colombia, con Juan José Esparragoza, El Azul, para, en esos mismos aviones que trasladan las armas, subcontratados por la CIA a un conocido narcotraficante hondureño, Juan Ramón Matta Ballesteros, nosotros les ayudamos a pasar cocaína de Colombia a Estados Unidos, y cada quien su ganancia?”.

Pero ocurre que en Guadalajara había un agente que creía en su trabajo: Camarena. No estoy diciendo que haya sido honesto, pero estaba para combatir el tráfico de drogas, y sabía el nivel que tenía el Cártel de Guadalajara. Les propuso a sus jefes en la Ciudad de México, de acuerdo con toda la investigación de Operación Leyenda, que en lugar de seguir persiguiendo tanta droga (mariguana en esos años), había que cortarle la vena del dinero al cártel: “Hay que pegarles donde les duele”, decía. Entonces desarrolló operaciones e investigaciones, y fue entonces cuando descubrió la mano de la CIA.

En aquellos años el cártel no estaba dedicado al tráfico de cocaína sino a la heroína, en menor medida, y a la mariguana.

Cuando se dieron cuenta de lo que había hecho Camarena, estuvieron de acuerdo en que se le “levantara” para interrogarlo. En el libro se describen las reuniones previas al secuestro y quienes participaron. La intención no era matarlo, según el propio Berrellez, sino más que nada saber a quién ya le había dicho en Estado Unidos que la CIA estaba metida en el narcotráfico, para parar esa información.

Entonces ya estaba un escándalo internacional, el Irán-Contras, y ahora iba a ser México-Contras. Pero se les pasó la mano golpeando a Camarena: Caro Quintero le asignó la “calentadita” a uno de sus sicarios más violentos, El Güerón, que, como describo allí, le brincó con las rodillas sobre las costillas en varias ocasiones, lo quemó, lo pateó, lo reventó. Se les pasó la mano, y de allí que cuando Fonseca Carrillo llegó a la casa se molestó porque sabía lo que se les iba a venir encima.

Ese conflicto de intereses me deja en claro que, casi 30 años después, no sabemos el papel de la CIA, y que lo que quería hacer el gobierno de Estados Unidos era utilizar al cártel como chivo expiatorio para que nunca se supiera el asunto de los contras y el trasiego de drogas.

 

AR: Esas operaciones de la CIA habrían sido ordenadas por las más altas esferas del gobierno norteamericano, incluyendo al presidente Ronald Reagan. Pero ¿cómo fue esa situación contradictoria del gobierno norteamericano?, ¿porque se estaban enfrentando dos de sus agencias, la DEA y la CIA? ¿Por qué ese gobierno no planteó una política coherente y uniforme para ambas agencias?

JE: Muy fácil, creo yo: en ese entonces la DEA no era lo que es ahora, no tenía la misma estructura que ahora. Tenía apenas 12 años de haber sido creada. Por su parte, la CIA ya tiene una historia bastante larga y, como lo ha demostrado la historia mundial, sobre todo lo que hicieron en Guatemala y Chile, los objetivos políticos están muy por encima de un problema de salud pública, como es el consumo de drogas. Y no es primera vez que el gobierno estadounidense o los sistemas de espionaje de Estados Unidos eliminan a quienes estorban, sin importarles que sean de su misma nacionalidad, de su mismo peso de investigación. Entonces para ellos los agentes de la DEA no eran más que policías antinarcóticos.

Es muy fácil discernir cuáles eran las prioridades de Washington, sobre todo de gente como Reagan, que le había declarado totalmente la guerra a la Unión Soviética.

Entonces los intereses políticos estaban por encima de un problema de salud pública. A la CIA no le importaban los mexicanos ni el Cártel de Guadalajara, ni los políticos ni los militares, porque sabía que eran demasiado vulnerables y que con dólares los podían tener a sus órdenes.

 

AR: Al final de libro usted dice que buena parte de la documentación de la Operación Leyenda es top secret. Pero, tras el crimen, ¿qué pasó con la relación de la CIA con el gobierno mexicano? Porque afirma que la CIA penetró las más altas esferas del poder en México, pero que después ya no lo hizo. ¿Por qué?

JJE: Ya no fue tan obvio. Este caso provocó que la manera de operar de los agentes de Estados Unidos, fueran de la DEA, la CIA o el Pentágono, fuera más cuidadosa y más sensible a esa percepción de que en México los extranjeros, sobre todo agentes, están haciendo cosas ilegales.

La CIA nunca va a salir, sigue estando en México. Felipe Calderón le abrió más todavía las puertas con las oficinas bilaterales de inteligencia bajo la Iniciativa Mérida. A la CIA no la metes a tu casa a platicar; cuando te das cuenta, ya sabe de qué color usas los calcetines.

No vamos tan lejos: lo de la balacera en Tres Marías, ¿cuánto tiempo tiene que pasó? Fue en agosto de 2012. La CIA sigue estando aquí. Yo no sé qué tan enlazada está ahora la relación, por ejemplo, con Gobernación, con el Cisen, que, se supone, son sus contrapartes. Lo que sí te puedo decir es que las agencias de inteligencia están en México y no se van a ir.

 

AR: Manuel Buendía decía que en México estaba la oficina más importante de la CIA fuera de Estados Unidos.

JE: Berrellez da la versión de que a Manuel Buendía lo mató la CIA porque estaba ya descubriendo el hilito de la CIA con el tráfico de drogas del Cártel de Guadalajara.

 

AR: Buena parte del libro es la historia personal de Héctor Berrellez, quien investigó el caso hasta donde pudo. ¿Qué tan válida es esa investigación cuando incurrió en actos abiertamente ilegales, como fue el caso de Humberto Álvarez Machain?

JE: Berrellez, como supervisor de Operación Leyenda (que, además, era secreta), tuvo a su disposición los recursos necesarios, lo que quisiera; muchos dentro de la DEA ni siquiera sabían cómo estaba operando. Yo le pregunté precisamente sobre la recopilación de información y testimonios, los interrogatorios, de pagar tanto dinero incluso para llevarse a personas para que en Estados Unidos declararan y se escondieran. A Guillermo González Calderoni él se lo llevó para allá.

Berrellez reciclaba mucho a los agentes de Operación Leyenda para evitar la fuga de información. Es imposible poder decir que toda la documentación y reportes que él logró recopilar sean ciento por ciento verdad, pero han de ser muy delicados; si no fuera así, el 90 por ciento de toda esa información que recopiló e investigó, como él asegura, el gobierno federal de Estados Unidos y el Departamento de Justicia no la tuviera, hasta la fecha, como clasificada. Él dice: “Yo estoy casi seguro de que nunca la van a desclasificar”.

Asumo (porque eso no me lo quiso contar) que es porque hay nombres de políticos, de funcionarios de ambos lados de la frontera y de agentes que, si lo que vemos da asco, lo que está en esos documentos a la mejor nos mata de un infarto.

 

AR: Está la frase atribuida a Camarena: “Hay que pegarles en donde más les duele, en el aspecto financiero”. En ese aspecto, como se dice en el libro, la Operación Padrino fue muy exitosa no sólo en México sino en América Latina. ¿Por qué no se siguió con ese plan?

JE: La Operación Padrino se paró cuando mataron a Camarena. Pero ahora son más sofisticados: el Departamento del Tesoro se encarga de hacer eso con bienes y cuentas bancarias de los capos. Recientemente se hizo una nuevamente, relacionada con la gente de Don Neto. Ahora se hace de otra manera más eficaz, con mayor alcance, incluso a nivel internacional.

Sonaba mucho dinero cuando empezaban con la Operación Padrino; estoy seguro de que hay cientos de operaciones secretas para confiscar dinero, que llevan a cabo la DEA, aduanas y todas las agencias que hay ahora. Pero aquella operación se paró aunque fue muy efectiva hace 30 años; imagínate, 100 millones de dólares hace 30 años era muchísimo dinero, y ahora es lo que gasta cualquier capo para irse a tapar una muela donde quiera. Pero en aquel momento sí le pegaron muy fuerte al cártel.

Pero las operaciones para cortarles la vena del dinero a las organizaciones criminales siguen vigentes.

 

AR: En el libro se da cuenta del fin de muchos de sus protagonistas mexicanos: terminaron como testigos protegidos, algunos fueron a la cárcel, otros muertos. Por el lado de la CIA hay dos casos interesantes que son los del cubano Félix Rodríguez y el de Harrison. ¿Cómo acabaron ellos?

JE: Harrison terminó en Estados Unidos, en California; él no aceptó el estatus de testigo protegido. Habló ante los fiscales, estuvo (hasta donde tengo entendido) viviendo como seis meses en una casa que le pagaba el Departamento de Justicia, y después los mandó a la fregada. Es el típico gringo que se va a vivir a cualquier lado y que es un espía, deja de serlo y le vale gorro estar durmiendo en la calle. Nadie sabe si todavía está vivo o no, porque tenía un problema muy grave con las drogas y con el alcohol.

Félix Rodríguez está en Miami; ya habló y dijo que esto no es cierto, que él es un santo. Sin embargo, tiene dos libros en los cuales él mismo habla de su papel de casi como un Rambo de la CIA en América Latina.

 

AR: ¿Cómo cubrieron este caso los medios? Porque J33 habla de la forma en que lo presentaron con Jacobo Zabludovsky como el autor del crimen, y más adelante cuenta que Fonseca Carrillo pagó a varios medios para que cubrieran su huelga de hambre.

JJE: Ellos eran los dueños de todo en esos años. El tema del narcotráfico era básicamente nuevo para los mexicanos, aunque, por ejemplo, en Sinaloa todo el tiempo ha habido narco.

A mí me sorprendieron ese tipo de cosas, y lo que me dejó en claro es que no tenían límite: con dinero baila el perro, y hacían bailar a todo mundo. También se observa el contubernio, que hasta la fecha sigue vigente, entre el gobierno y algunos medios de comunicación, sobre todo los electrónicos. No hace mucho que Genaro García Luna hizo todo un show.

Acuérdate que la prioridad de México en ese momento con el caso Camarena era decirle a Estados Unidos: “¡Estamos tras ellos! Los estamos capturando y ya no nos estén fregando. Ya no den a conocer casos de corrupción. Vamos a detener a todos los responsables”.

24 horas era el noticiero más importante del país, que veía mucha gente; ahora J33 se acuerda aquel episodio y le da risa. Ya le habían dado su “calentada”, pero ese día lo maquillaron, lo peinaron y se lo presentaron a Jacobo; fueron sus cinco minutos de fama, como dice él.

Yo creo que a un extranjero leyendo este tipo de cosas, le daría risa, pero ese es nuestro México. Han pasado 30 años y seguimos igual.

Lo anterior demuestra que el periodismo de investigación sigue siendo un recurso importante para entender lo que pasa en una sociedad tan pateada como la mexicana.

 

AR: ¿Qué herencias nos dejó este caso? Hay varios aspectos, pero quiero empezar por el de las propias bandas de narcotraficantes, porque parece que este caso fue el que hizo estallar el Cártel del Guadalajara, de donde se derivaron muchos otros grupos.

JE: Quedó desmantelado ese cártel. Varias de las cabezas fueron capturadas: Félix Gallardo, Caro Quintero, Don Neto e incluso El Azul. Pero personajes que yo considero más tácticos, como El Azul, quien siempre se manejó en la sombras, en el trasfondo (para aparecer estaban el atarantado de Caro Quintero o el violento de El Cochiloco, que terminó abatido a tiros por el Ejército), se regresaron a su tierra, a Sinaloa, y utilizaron a la gente que quedó en la estructura de esos años, como son los casos de El Mayo y El Chapo (éste en aquel momento no era nadie). Hicieron una reestructuración después de este caso y aparecieron varios cárteles: Sinaloa, el Golfo, Juárez, Tijuana, en los que todos son sobrinos, parientes y amigos hasta la fecha.

Yo creo que este Cártel de Guadalajara fue una especie de matriz del crimen organizado en México, y ahora todo mundo intenta todavía emular la manera de operar de estos tipos.

 

AR: Han pasado muchas cosas desde 1985 hasta ahora; ha habido un proceso de transición democrática, por ejemplo. ¿Cómo ha cambiado el combate al narcotráfico con la democratización del país?

JJE: Estamos al inicio de un nuevo gobierno, el regreso del PRI, y va a ser muy interesante de qué manera esta estrategia, como dice Peña Nieto, sin tanta participación de Estados Unidos abiertamente, transforma este combate. Yo creo que la prioridad en este momento es que se nos regrese a los mexicanos la tranquilidad, que no haya violencia. En nuestro cerebro siempre supimos que se movían drogas, pero no había violencia; bueno, había violencia entre los narcotraficantes y ni nos enterábamos.

En estos años, lamentablemente, y en los seis que gobernó Felipe Calderón, México sufrió un cambio enorme: la violencia. Y México se acostumbró a los muertos: los mexicanos ya no nos sorprendemos por las masacres. Ya nos acostumbramos a los muertos, y eso creo que nada tiene que ver con la lucha contra el narcotráfico.

Se regresa la pregunta: ¿qué está haciendo Estados Unidos para reducir el consumo de drogas? Nada concreto, porque los objetivos de Washington (y regresamos al caso Irán-Contras) están ahora en el Medio Oriente, en Irak, en Afganistán, en Siria, en Israel, y no en el tema de salud pública, lo cual, estoy seguro, ningún político lo va a decir abiertamente en Estados Unidos. Pero si usan drogas, que se frieguen los que usan drogas, y si hay daños colaterales, pues son en México y en América Latina, que no les interesan.

Yo creo que el gobierno mexicano debería ser más táctico para combatir el trasiego de drogas. No se va a acabar porque cambian las modas de las drogas que consume el mercado: la cocaína fue muy popular en los ochenta, después la mariguana, el crack, la heroína, ahora las metanfateminas, y nuevamente la heroína. Si algún día a algún gringo se le ocurre darle una mordida a una mesa y dice “con esto estoy high”, les vamos a vender mesas.

 

AR: En México el periodismo se ha convertido en un oficio peligroso. Al hacer esta investigación, ¿corrió riesgos, sufrió alguna amenaza?

JJE: No quiero ser grosero, pero de ese tema no me gusta hablar. Aquí hay muchos “héroes periodistas”, y yo no quiero ser uno de ellos. Quiero ser un simple tecleador.

Lo que sí te digo es que, por los lamentables incidentes que han ocurrido, para cualquier reportero es peligroso cubrir el narcotráfico, pero que es igual de peligroso cubrir a los políticos corruptos que también han mandado cometer delitos contra los que nos dedicamos a esto de la tecla. Pero en lo personal no me gusta decir ese tipo de cosas: ya hay muchas anabeles y sanjuanas.

 

*Entrevista publicada en Replicante.