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La reorganización del capitalismo mexicano ha significado la disolución de los lazos protectores implicados en la comunidad estatal. La respuesta espontánea —casi refleja— a esta orfandad es el resguardo en la otra comunidad: la de la identidad étnica; la de la rabia compartida ante un horizonte sin certidumbres (como la de jóvenes y estudiantes, racialmente excluidos y pobres); la del éxodo forzado, tejida en la vivencia de maltrato y humillación —también racial— compartida por los migrantes. Es a la erosión de los lazos tutelares del Estado que responde también la aparición de bandas protectoras: medianos y pequeños caciques y líderes, que tejen alrededor suyo nuevas redes de fidelidad personal a cambio de favores y gratificación material. Es finalmente ese vacío, esa orfandad, el que también intenta llenar esa otra institución secularmente presentada como gran protectora universal: la Iglesia.

 

Introducción
Ésta es una interpretación de la forma de Estado mexicana del siglo XX. Intenta explicar y comprender el tejido de lazos materiales e inmateriales que conformaron una comunidad estatal, una forma de mandar y de obedecer, las razones de la legitimidad y el ordenamiento institucional en que se corporeizó ese entramado de relaciones. Este libro rastrea en la historia para encontrar raíces y explora en los motivos y acciones de seres humanos —así como en la configuración de un mundo— para encontrar las razones de una configuración estatal.

Su título remite a aquella condición que, inaugurada en la tradición política romana, estaba reservada a un solo personaje: el conductor o guía de la ciudad. Jefe militar encargado de dirigir la guerra y magistrado civil supremo, el Príncipe era esa autoridad preeminente cuyo prestigio moral provenía de su capacidad para ordenar la ciudad ajustándose a la ley, impartiendo justicia y enfrentando imprevistos. El título apela además a la lectura gramsciana de El Príncipe de Maquiavelo: aquella que encontró en la obra del florentino del siglo XVI no un mero recetario de consejos para príncipes, sino un ejemplo histórico del “mito” de Sorel. En otras palabras, la de ser un tratado de la ciencia y del arte de la política con el que Maquiavelo buscaba contribuir a la creación de esos resortes subjetivos sin los cuales no hay transformación política posible: una creencia colectiva, un estado de ánimo épico, una nueva visión del mundo capaz de impulsar a la acción para la realización de esa gran empresa histórica que era en la Italia renacentista la construcción de un Estado. Y El Príncipe mexicano alude también a aquella figura que en la antigua metáfora teológico-política del corpus reipublicae mysticum coronaba la unidad de un cuerpo político cohesionado por lazos sagrados del que los súbditos también formaban parte bajo la conducción del Príncipe, cabeza del cuerpo místico del Estado.

Este libro habla también de mitos y creencias colectivas. Analiza cómo esos mitos y creencias contribuyeron en la formación de una voluntad colectiva y cómo ésta se expresó en la configuración histórica de una comunidad estatal que hizo de la institución presidencial su representación unitaria y suprema. En esta narración la figura del Príncipe no refiere a un hecho empírico ni a una persona, sino a un concepto y una representación simbólica. Encarnado a veces en el general Álvaro Obregón y otras en el presidente Lázaro Cárdenas, el Príncipe mexicano es simultáneamente un símbolo de la cohesión de una comunidad estatal en cuya conformación histórica participaron también las clases subalternas y la figura mítica en que se personificó un vínculo de mando-obediencia recreado en relaciones recíprocas de protección y lealtad.

Este libro intenta dar cuenta del proceso de conformación en la historia, más que en los textos legales, de la comunidad estatal mexicana. Analiza, para ello, la forma en que se restableció el orden social después de la revolución mexicana, así como el mundo en que aquel reestablecimiento se produjo: el mundo de entreguerras, simultáneamente convulsionado por el impacto de la revolución rusa, el trastocamiento del Estado de derecho democráticoliberal, la irrupción del fascismo, el fin de la utopía liberal del mercado autorregulado y la crisis de la economía mundial. Recupera sin embargo la historia anterior a la revolución para explicar los fundamentos de la forma de ordenación política de la sociedad mexicana.

La recuperación de la historia anterior a la revolución no sólo tiene que ver con la necesidad de reconstruir los ensamblajes culturales que nutren una determinada constitución política. Tiene que ver, también, con el análisis de las determinaciones históricas que hicieron que el Estado mexicano se organizara en el tiempo y en la forma en que lo hizo y no de otro modo. El ciclo histórico de esa conformación abarca la historia anterior y posterior a la revolución: se extiende desde el intento juarista de organizar una república hasta la expropiación de la industria petrolera en 1938. Entender el proceso y la forma en que se organizó ese Estado supone considerar el papel de la sociedad y del territorio mexicanos en el proceso social y en la reordenación espacial y política abiertos con el nacimiento de la modernidad capitalista en el siglo XVI. Pero supone también considerar el escenario mundial y regional en que el proceso de construcción del Estado mexicano se llevó a cabo, así como los problemas a los que se enfrentó la élite liberal en su propósito de construir un Estado moderno. Estos problemas tenían que ver con la configuración interna de la sociedad mexicana —refractaria al modelo liberal—, pero también con la relación externa con otros Estados, principalmente el de Estados Unidos. Estos últimos, que atravesaron todo el siglo XIX, volvieron a aflorar durante el periodo revolucionario, recrudeciéndose en los años inmediatos posteriores a la solución del conflicto armado. La disputa jurídica sobre el artículo 27 y, en particular, sobre la propiedad nacional de la tierra y el petróleo fue una de sus expresiones.

No es éste, empero, un trabajo de reconstrucción histórica ni pretende analizar el Estado mexicano como si se tratara de una evolución, por lo demás inexistente en la historia. Tampoco ha recurrido —salvo excepciones— a fuentes directas o archivos. Este libro se propone más bien comprender el Estado mexicano atendiendo a los núcleos temáticos implicados en el fenómeno estatal: la relación de mando-obediencia, la construcción de una hegemonía, los modos de integración política, la legitimidad, la soberanía. Porque se trata de una interpretación sobre una forma de Estado específica, la exposición recurre necesariamente a los acontecimientos históricos —reconstruidos y ordenados por los historiadores—, pero también al pensamiento de los actores involucrados: tanto a las reflexiones de aquellos que se propusieron la tarea de modelar la sociedad mexicana —primero como reino de la monarquía española y después como Estado—, como a las ideas de aquellos que se insubordinaron desde otras prácticas y normas morales. En esa intersección conflictiva —y no en los modelos de ingeniería constitucional ni en la sola voluntad de las élites dirigentes— se conformó el Estado mexicano.

Y esta interpretación recurre por supuesto a los clásicos de la teoría política, antigua y moderna: a los que pensaron el Estado y la política y cuyas reflexiones y conceptos siguen siendo útiles en el presente para clarificarnos acerca de los fenómenos propios de esa dimensión de la vida social y para tratar de ser precisos en su caracterización. La naturaleza del Estado, las razones de conservación y caída de los regímenes políticos, las condiciones del mando y la obediencia o el significado de la autoridad política han sido objeto de reflexión humana durante más de veinte siglos. En sus fundamentos teóricos esta interpretación recupera claves de análisis, conceptos y categorías construidos en esa historia secular del pensamiento político. Nunca sobrará recordarlo: los clásicos de la teoría política lo son en la medida de su actualidad, en el haber planteado interrogantes y ofrecido respuestas que trascendieron su tiempo histórico.

En el andamiaje teórico que sostiene esta interpretación se encuentra un concepto de Estado. A menudo identificado con los gobernantes o con el aparato estatal, el concepto de Estado en que se funda este análisis está construido desde su comprensión como una forma de la vida social. El Estado no es una cosa ni se reduce a los gobernantes. No es una sustancia, un fenómeno natural o un ente externo a la sociedad. El Estado es, más bien, un concepto que sintetiza en el pensamiento un proceso relacional entre seres humanos. Clarificar en qué consiste y cómo se expresa y cristaliza ese proceso es el propósito del primer capítulo. Los capítulos que le siguen reconstruyen la configuración de la relación estatal en el terreno de la historia mexicana. El último capítulo resume ese proceso y explica las condiciones que hicieron posible la vida prolongada del régimen político mexicano en la segunda mitad del siglo XX, así como las razones y las formas que adoptó su quiebre.

La interpretación que aquí se expone se inscribe en una corriente muy amplia de pensamiento. Un campo de pensamiento cuya peculiaridad ha consistido en tratar de comprender el fenómeno del Estado —y el del orden político en general— como un proceso: una forma de la vida social que no está dada de antemano, que se realiza en el conflicto, en cuya configuración participan también las clases subalternas y cuyos fundamentos inmateriales (en el imaginario y las representaciones colectivas) se construyen en los tiempos largos de la historia. Se trata de una propuesta global de análisis del fenómeno estatal que —debe decirse— ha sido desarrollada sobre todo en el terreno de la historiografía y que es poco frecuente en el ámbito de la ciencia política. Los ejemplos de esta manera de comprender el Estado son pocos, pero sugerentes.

Es este tipo de análisis el que realizaron Philip Corrigan y Derek Sayer para explicar la formación del Estado en Inglaterra en términos de una revolución cultural desplegada entre los siglos XI y XIX. Fue también este tipo de análisis el que realizó Marc Bloch en su estudio sobre Los reyes taumaturgos: una investigación histórica sobre los rituales que se realizaban en Europa en torno a los poderes milagrosos de los reyes, revelador de cómo las monarquías absolutas en Francia e Inglaterra descansaron durante siglos en creencias colectivas sobre el carácter divino de los reyes. En esta perspectiva se ubica también el estudio de Georges Duby sobre el imaginario político medieval y la idea de “los tres órdenes”: una representación colectiva del orden social vigente en Francia desde el siglo XI hasta el umbral del gran estallido revolucionario de 1789.

El andamiaje teórico que sostiene todas estas interpretaciones proviene de fuentes diversas, muchas veces no explícitas. Lo que las une es una misma preocupación: desentrañar los misterios de los ordenamientos políticos desde las condiciones materiales y simbólicas en que los propios hombres se piensan a sí mismos, piensan el mundo y entablan sus relaciones.

Estas corrientes historiográficas coinciden, por lo demás, con otros esfuerzos teóricos que, desde un nivel de análisis más abstracto, han tratado de reflexionar sobre el fenómeno estatal no en términos de aparatos y gobernantes, sino en términos de relaciones sociales. Es el caso de la llamada “escuela derivacionista”, una corriente de ideas formada al calor del debate intelectual europeo de los años setenta que se propuso fundamentar la existencia —y la forma cosificada de aparición— del Estado, desplegando el método y las categorías de análisis planteadas en el discurso crítico de la economía política de Marx.

El punto de confluencia de todos esos esfuerzos, emprendidos en distintos momentos desde diversas disciplinas, matrices teóricas y niveles de análisis, es —insisto— la inquietud por pensar el fenómeno estatal en el terreno de la historia y de las relaciones entre seres humanos de carne y hueso: con subjetividad, moralidad, creencias y costumbres que viven, piensan, desean, obedecen y a veces también se insubordinan. En ese amplio campo de pensamiento se inscribe este esfuerzo de pensar el fenómeno estatal mexicano.

Un epílogo cierra esta interpretación. En éste se abordan las transformaciones operadas en el Estado mexicano en el marco de la reconfiguración mundial —todavía inacabada— del capital del último cuarto del siglo XX y las tendencias que apuntan hacia lo que puede considerarse una transformación política de largo alcance: una mutación epocal que redefine los soportes materiales, geográficos y culturales en que se sustentó el Estado mexicano.

Muchos años, muchas conversaciones, encuentros y desencuentros, reflexiones, experiencias y lecturas están en estas páginas. Agradezco a todos los que me apoyaron en ese tiempo y a los que —aun sin saberlo— contribuyeron en la reflexión de las ideas, que en realidad nunca son obra de uno solo. De muchas influencias directas e indirectas se van nutriendo la formación académica y los intereses en el trabajo intelectual. Por ello mi reconocimiento a la importancia que en mi formación intelectual tuvo John Holloway, cuyos escritos fueron una ventana temprana a una visión crítica del Estado: a la comprensión del Estado como una forma de las relaciones sociales y de la “crítica de la economía política” como una teoría crítica del capital desde la que es posible también desplegar una teoría crítica de la política. […]
Abril de 2004

 

Índice

El Príncipe enmascarado, por Adolfo Gilly
Introducción
1. Historia y comunidad estatal
El Estado: una forma de la vida social
Inclusión y conflicto: la dinámica estatal
Capital, ethos y constituciones políticas

2. La tragedia del liberalismo
El ángel de la historia
Los dilemas de lo estatal
Pueblos, soberanía y res publica

3. Socialidades y derechos
La tempestad del progreso
De injusticias y agravios
Dos comunidades

4. Las razones de la legitimidad
El pacto estatal: dos modelos
El tiempo del mundo

5. Subalternidad y hegemonía
Las condiciones de la obediencia
Las reglas de circulación del mando
Dialéctica del corporativismo

6. El Príncipe mexicano
Hegemonía: un terreno en disputa
La realización del corpus mysticum
Mito, comunidad estatal y soberanía

7. El Estado: proceso y figuras
Un arco histórico
La revolución congelada
Rupturas

Epílogo. Una mutación epocal
El asalto a una forma estatal
Globalización, Estado y cambio de régimen
La mutación política mexicana
“Venimos a hacer negocios”
Bibliografía

 

 

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