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Rangel Torrijo, Hugo. Pierre Rosanvallon, Le siècle du populisme. Histoire, théorie, critique. Reseña.

 

Pierre Rosanvallon, Le siècle du populisme. Histoire, théorie, critique.

París, Éditions du Seuil, 2020, 288 pp.

Hugo Rangel Torrijo

Universidad de Guadalajara

 

El reconocido autor francés Pierre Rosanvallon señala atinadamente que se etiqueta de todas formas y contextos al populismo pero que no hay una teoría al respecto. En este sentido, su libro es efectivamente una primera propuesta de bosquejo de esta teoría faltante (p. 15). De entrada, propone una anatomía y una mirada histórica (capítulos 1 y 2). Asimismo, es esencial la crítica al populismo más allá de etiquetas, que caracteriza como iliberal o antiliberal, pero propone una crítica profunda de la teoría democrática que estructura la ideología populista (p. 23).

El nacional-proteccionismo (capítulo 4) del populismo ha sido una respuesta al libre comercio y al liberalismo. Si bien es una expresión del conservadurismo, el autor señala que se vincula a la soberanía, a la voluntad política y a la seguridad. El éxito del Brexit se explica por esta visión de la soberanía y seguridad ligada al control de la migración. De acuerdo con una noción de justicia, explica el rechazo de la mano de obra barata; el rechazo a la desigualdad distributiva entre el 1% y el 99% se trata de un populismo de izquierda europea (p. 62). Aquí se observa la limitante de una teoría que integre tanto a los populismos de izquierda y derecha, porque sus supuestos de justicia son contradictorios. En el capítulo 5, el autor aborda las emisiones y pasiones; llama “régimen de pasiones y emociones” a los aspectos afectivos y emotivos que se abordan en las ciencias sociales. En este sentido, Braud acertadamente afirma que los estudios cognitivos actuales no se diferencian entre cognición y emoción. El bosquejo que se hace en el libro sobre la dimensión emocional es pertinente para explicar las emociones que explota el populismo. Aunque este aspecto es de tal importancia, que se esperaría que se hubiesen incluido más autores de psicosociología, por lo menos al pionero Gustave Le Bon. Rosanvallon señala con tino que, desde la esfera emocional, se entiende la fórmula que opone a “ellos” y “nosotros” y que utiliza el populismo, así como el resentimiento (p. 73). En este contexto, se da un auge de las teorías del complot producto de esta emotividad, frente a la cual, además, los políticos asumen una posición personal.

 En el capítulo 6, se aborda la diversidad de los populismos, distinguiendo entre los difusos, en el que puede clasificarse el movimiento francés de los “chalecos amarillos” (p. 85). Es pertinente distinguir entre los movimientos y los regímenes populistas, como el de Modi, en India, y el de Putin, en Rusia, ejemplos de regímenes virulentos nacional-populistas. El belicismo de Putin en Ucrania es la prueba. Otros ejemplos son los movimientos de Fujimori en Perú o el chavismo venezolano. La tarea de distinguir los populismos de izquierda y derecha es laboriosa y se basa principalmente en el contexto francés. Melanchon encarna, efectivamente, un movimiento populista de izquierda (p. 90), mientras que Jean Marie Le Pen lo había representado en el populismo de extrema derecha. Pero como se menciona, apenas, este partido ha pasado de un 3% a un 30% en 2012 (p. 94), y no se menciona ya el crecimiento extraordinario en la actualidad de la candidatura presidencial del personaje misógino y extremista E. Zemmour y el 41% que obtuvo Le Pen en 2022. Se entiende que el autor quiera dar una imagen equilibrada, pero el populismo de extrema derecha ha capitalizado la vida política en Francia y en Europa en los últimos años y ha impuesto los temas de la identidad y la inmigración en la Europa de hoy (pp. 98-101).

En la sección 2, consagrada a la historia, se propone un marco de análisis del cesarismo basado en la soberanía del pueblo, enmarcada en el plebiscito como expresión popular; una filosofía de encarnación del pueblo en un jefe, y el rechazo de cuerpos intermediarios que obstaculicen el encuentro cara a cara del pueblo y el poder (p. 106). El autor demuestra que en el siglo xix francés, la figura de Napoleón III representó este modelo de cesarismo, pues instauró el plebiscito, intentando encarnar al pueblo mediante el discurso, con una política de proximidad mediante eventos multitudinarios (p. 109). Asimismo, Napoleón III hizo una crítica cesariana constate a los partidos (por considerarlos intermediarios) y consideró la libertad de prensa como secundaria e, incluso, como un rival de los poderes públicos (p. 121) o una estructura capitalista antidemocrática (p. 122).

Así, se reúnen momentos populistas de la historia entre 1890 y 1914, como el Populist Party o el movimiento antisemita de Barrès en Francia. En este contexto, surge la necesidad de una prensa independiente. A fines del siglo XIX, en Francia se percibía el referéndum como una panacea para resolver los problemas. Asimismo, se observó un crecimiento del nacional-proteccionismo en ese país y, de esta manera, se impusieron impuestos a los productos extranjeros. Se percibieron entonces expresiones de proteccionismo xenófobo, como se denomina en el libro, es decir, agresiones contra trabajadores extranjeros en Francia, en 1890, y en 1870 en California, principalmente contra los trabajadores de origen chino. Fue desde esta perspectiva que el gobierno de Estados Unidos llevó a cabo una selección étnica de los inmigrantes (p. 140). Sin embargo, en ese entonces, el populismo no se expandió en Europa, pues los gobiernos ofrecieron otras alternativas y la Primera Guerra Mundial cambió la dinámica social.

La tercera parte de los momentos populistas en la historia está dedicada al laboratorio latinoamericano. En este continente, el autor ve una tierra fértil para el populismo debido a las condiciones económicas basadas en la agricultura y el escaso desarrollo industrial, que no había producido movimientos socialistas fuertes. Presenta al colombiano Gaitán como la figura fundadora, pues pretendía ser un líder conducido por la multitud, representante del pueblo y de los desposeídos. Insistía en que el pueblo es superior a sus dirigentes y se pronunciaba por una depuración moral (p. 152). Enseguida refiere el movimiento peronista, que con el auge económico de Argentina le permitió a Perón hacer importantes inversiones en gastos sociales. Perón se presentaba como humilde servidor del pueblo y pretendía construir un régimen acorde con el propio argentino, “una alternativa al molde demoliberal” (p. 154). Este régimen estaría basado en la constitución de 1949, que dio mayores poderes al Ejecutivo y redujo los de la Corte Suprema. Se mencionan las afinidades de Gaitán con Mussolini y de Perón con el nazismo, y se explica la connotación positiva que hay en Sudamérica al término populista, tema abordado justamente en conferencias que dictó en Argentina («Refundar la democracia», 5 de diciembre 2012). El populismo arcaico latinoamericano fue paradójicamente el fundador.

En la sección 4, “Historia conceptual”, el populismo como forma democrática, Rosanvallon hace una lúcida reflexión del populismo ante las contradicciones y límites de la democracia pues, para comprenderla, hay que partir de que en ella se entrelazan la historia de un desencanto y la de una determinación. (p. 162). En la aporía estructurante 1 (el pueblo perdido), señala con tino que la noción es ambigua desde la Revolución francesa y que el mismo Mirabeau se enfrentó a este problema. Es un pueblo-borroso, un pueblohistoria y un pueblo-problema (p. 165). Ante las identidades en mutación, el sujeto de derecho es el más concreto que existe (p. 166). En los equívocos de la democracia representativa (aporía 3), señala que, desde Rousseau, que calificó de aristocracia electiva, la representación ha mostrado sus límites. La aporía 4 trata sobre los avatares de la impersonalidad y muestra que desde la Revolución francesa se trató de eliminar la personalidad que representaba el poder real y, por eso, se adoptó un Directorio; es decir, se buscó una estructura objetiva e imparcial (p. 172). Sin embargo, esta explicación es contradictoria, ya que Michelet refiere al pueblo (p. 175). Como respuesta, el populismo reivindica el poder personal y, al mismo tiempo, se basa en el pueblo. La explicación es todavía más imprecisa en el contexto francés, en donde el presidente concentra un poder considerable. En la cuarta aporía sobre el régimen de igualdad, se advierte que la democracia supone una sociedad de individuos iguales. Aquí, una vez más, la explicación parece imprecisa y, si bien ciertos movimientos populistas de izquierda demandan dicha igualdad, el poderoso populismo de extrema derecha más bien exige la abstención del Estado de participar en la sociedad y la economía, como se observó en las protestas contra las medidas sanitarias en el marco de la pandemia de covid-19 en el mundo.

A estos regímenes el autor los denomina democracias-límites porque exacerban ciertos problemas en detrimento de otros (p. 179). Propone la existencia de democracias minimalistas, esencialistas y polarizantes. La primera se limita al establecimiento del Estado de derecho (Schumpeter y Popper). Las esencialistas se fundaron sobre la denuncia de la mentira del formalismo democrático y lo ejemplifica con la noción de democracia comunista de Cabet y las conocidas críticas de Marx a la democracia formal. Si bien no se ofrecen ejemplos concretos de esta democracia esencialista, más bien ha sido una justificación o estratagema de los gobiernos autoritarios como el soviético o el cubano, que reivindican ser verdaderas democracias. La tercera familia de democracias es a la que pertenecen los populismos, con los mecanismos de identificación del líder y los referéndums.

Al clasificar los populismos en una “familia democrática”, el autor alimenta la ambigüedad en torno a ellos. Si se propone ofrecer una mirada objetiva sin maniqueísmos, al aceptar los populismos como democráticos peligra en legitimar no solamente sus numerosas contradicciones, sino sus características antidemocráticas, en particular del populismo de extrema derecha. Cabe mencionar que renuncia a hacer un análisis sobre el proteccionismo nacional por “falta de conocimientos económicos” (p. 190), la cual no está plenamente justificada, ya que el análisis político se fundamenta en la soberanía, no en la economía.

En la crítica al populismo, en el libro se analizan los límites del referéndum, como es el hecho de rivalizar con el sufragio universal y las pasiones instantáneas (p. 194). Afirma con acierto que la política consiste, en primer término, en construir políticas, es decir, proyectos que den cuerpo a orientaciones con cierta coherencia. Efectivamente, el Brexit mostró la falta de responsabilidad y su carácter irreversible. Sin embargo, también ha sido un instrumento que ha sido utilizado satisfactoriamente por diversas democracias occidentales para dirimir sujetos diversos (en Estados Unidos, Suiza, Francia, por ejemplo). Al criticar el referéndum como un recurso del populismo de intervención ciudadana (incluso como mecanismo de sustitución p. 216), parecería que el autor se centra en sus limitaciones.

En la sección “democracia polarizada vs democracia desmultiplicada”, se desarrolla una interesante reflexión sobre la connotación ficticia de la unanimidad del voto electoral (p. 222); se critica una visión aritmética de la voluntad general (p. 224) o de pueblo número (p. 228) y, en este contexto, se valoran las minorías (p. 226), aunque se esperaría un análisis más profundo de su calidad sociopolítica.

Rosanvallon afirma, con razón, que la figura abstracta de la soberanía, la nación, se vuelve sensible a través de la valorización y las prácticas de los principios que la fundan. (p. 231). Existe una necesidad de establecer un régimen competitivo que enuncie la voluntad general, afirma el autor haciendo eco de Jefferson (p. 232). Subraya la pertinencia de enmarcar el poder en un marco constitucional, judicial y legislativo independientes, y destaca la importancia de la imparcialidad ante los lobbies y los poderes privados, aunque no hay nunca una unidad que represente a todos los ciudadanos. (p. 234). Asimismo, señala que, justamente, hay que considerar las instituciones democráticas (transparentes y deliberativas), aunque haya una resistencia a considerarlas de esta manera por la concepción estrecha de la democracia electoral (p. 235).

En la sección “De un pueblo imaginario a una sociedad democrática en construcción”, la pregunta rectora es cómo constituir un pueblo como un cuerpo cívico capaz de inscribir su historia, de pensar el lazo de la sociedad con lo político (p. 239). Se muestra la ambigüedad del concepto pueblo y la contradicción que pretende defender el populismo. Es necesario pasar de una sociedad imaginaria a una sociedad real (p. 241), porque más allá de las interpretaciones ideales, o pueblo-masa, no se puede pensar y representar el pueblo real sin tomar en cuenta sus diferentes variables (p. 243). Incluso el sentimiento de pesimismo tiene un rol importante, independientemente de los factores objetivos. Es decir, el pueblo es una realidad en movimiento y problemática, como un sujeto a construir (p. 246). Incluso el llamado 1% de la población más rica es muy heterogénea (p. 248) y señala, con acierto, que no se trata de exaltar a un pueblo imaginario, sino construir una sociedad democrática (de iguales) fundada en los principios de justicia para constituir una comunidad política.

La politización del Estado ha sido una característica de los regímenes populistas que han polarizado las instituciones (p. 161) y éstos radicalizan la percepción de sus opositores como personas inmorales y corruptas (p. 266).

En las conclusiones, la reflexión final tiene “el espíritu de una alternativa”. El autor busca una alternativa ante la disminución de la funcionalidad democrática de las elecciones y la pérdida de la importancia del programa en los mandatos (p. 271). La solución es multiplicar las modalidades de expresión del ejercicio electoral hacia una democracia interactiva (de participación) y una representación narrativa que vaya más allá de la delegación (p. 272). Una alternativa que vaya más allá de la opacidad administrativa para construir una democracia de ejercicio de responsabilidad y de evaluación de políticas. Así, será posible llegar a una democracia de apropiación por los ciudadanos de las funciones democráticas. De esta manera puede lograrse una democracia de la confianza (p. 276).

En suma, este libro ofrece una serie de reflexiones lúcidas y pertinentes sobre el fenómeno internacional del populismo (y del actual gobierno mexicano, aun cuando no lo aborda). Clarifica confusiones conceptuales al recurrir a la historia y la evolución de la democracia en Occidente. Sin duda su reflexión enriquece la conceptualización de la democracia y ofrece alternativas para rebasar las preocupaciones legítimas y complotistas que dan origen a los diferentes populismos.

 

 

Tomado de:

Pierre Rosanvallon, Le siècle du populisme. Histoire, théorie, critique. Foro internacional, vol. LXII, núm. 3, 2022, Julio-Septiembre, pp. 653-660. El Colegio de México A.C.

 

 

 

 

 

 

 

 

Rosanvallon, Pierre. El siglo del Populismo. Historia, teoría, crítica.

 

Introducción

PENSAR EL POPULISMO

 

El populismo revoluciona la política del siglo XXI . Sin embargo, todavía no hemos apreciado en su justa medida la transformación a que ha dado lugar. De hecho, aunque el término aparezca por todos lados, la teoría del fenómeno no se encuentra en ninguno. Se enlazan en él un toque de evidencia intuitiva y una cierta imprecisión. Lo demuestra en primer lugar la fluctuación semántica que presenta su empleo. Es sin duda una palabra de goma, tan desordenado resulta su uso. Término paradójico, también, pues tiene casi siempre una connotación peyorativa y negativa pese a derivar de lo que funda positivamente la vida democrática. Es asimismo una palabra encubridora, pues pega una etiqueta única sobre todo un conjunto de mutaciones políticas contemporáneas cuya complejidad y resortes profundos deberíamos ser capaces de distinguir. ¿Es correcto, por ejemplo, usar una misma expresión para calificar la Venezuela de Chávez, la Hungría de Orbán y las Filipinas de Duterte, para no hablar de la figura de Trump? ¿Tiene sentido meter en la misma canasta a los españoles de Podemos, a la Francia Insumisa de Jean- Luc Mélenchon y a los secuaces de Marine Le Pen, Matteo Salvini o Nigel Farage? Comprender es, en efecto, distinguir las amalgamas simplificadoras y al mismo tiempo resistirse a ellas. Finalmente, se trata de una noción dudosa, ya que a menudo solo sirve para estigmatizar al adversario o para legitimar, con un vocablo nuevo, la vieja pretensión de superioridad de los poderosos y los instruidos sobre las clases populares, juzgadas siempre como propensas a mutarse en una plebe guiada por funestas pasiones. No se puede tratar la cuestión del populismo sin tener esto presente, pues constituye una especie de alerta tanto como una invitación a dar pruebas de lucidez política y rigor intelectual a la hora de abordar el tema.

Ahora bien, esta necesaria atención a las trampas que subyacen bajo el término «populismo» no nos hará renunciar a emplearlo. Por dos razones. En primer lugar, porque, de hecho, en su confusión misma, demostró ser imprescindible. Si aparece en todas las arengas y en todo lo que se escribe pese a las reservas que acabamos de formular, es también porque, de manera vaga y forzosa a la vez, ha respondido a la necesidad de utilizar un nuevo lenguaje para calificar una dimensión inédita del ciclo político que se abrió al iniciarse el siglo XXI , y porque, hasta ahora, en esa función no ha tenido ningún competidor. Ciclo político que algunos caracterizan como una apremiante expectativa social de revitalización del proyecto democrático, ya que redescubre el camino de una soberanía más activa del pueblo, mientras que otros lo ven, a la inversa, como portador de presagios en los que se anuncia la temida desestabilización de ese mismo proyecto. Pero el hecho decisivo es, en segundo lugar, que el término acabó siendo orgullosamente reivindicado por responsables políticos que querían crucificar a quienes lo utilizaban con fines de denuncia. 1 Larga es la lista de las personalidades de derecha y extrema derecha que de esa forma quisieron invertir el estigma diciendo, primero, que la palabra «no los asustaba» y, luego, que ellos la reivindicaban. La evolución fue paralela en la izquierda, como lo testimonió de manera ejemplar Jean-Luc Mélenchon. «No pretendo en absoluto defenderme de la acusación de populismo», dirá en 2010. «Es lo que les repugna a las élites. ¡Que se vayan todos! ¿Populista, yo? Lo asumo.» 2 El hecho de que unos cuantos intelectuales se hayan vuelto abogados de un

«populismo de izquierda» contribuyó también en gran medida a dar una consistencia deseable a este término y a banalizarlo como calificativo político. Los posicionamientos y escritos de Wendy Brown, Nancy Fraser, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe pesaron mucho en esta dirección, invitando a conservar el término y a validar la corrección de su uso.

 

UNA REALIDAD A TEORIZAR

 

El problema es que los trabajos consagrados al populismo, cuyo número no cesa de aumentar, continúan básicamente destinados a desentrañar los resortes del voto populista para explicar su espectacular avance en todo el mundo. Con los instrumentos de la sociología electoral y la ciencia política, esos trabajos caracterizan a las poblaciones implicadas, con los valores que las animan, su apreciación de la vida política y las instituciones y, desde luego, sus condiciones de vida y de trabajo en sus diversas dimensiones. Estas investigaciones trazan el retrato de un mundo social y cultural que presenta características objetivas comunes a gran cantidad de países: personas que viven a distancia de las metrópolis, en zonas afectadas por la decadencia industrial, y que pueden ser definidas como «perdedores» de la globalización, con ingresos inferiores a la media y estudios relativamente incompletos. Poblaciones indignadas también, definidas de manera más subjetiva por el resentimiento hacia un sistema en el cual se consideran despreciadas y reducidas a la invisibilidad, caracterizadas por su temor a que se las despoje de su identidad a causa de la apertura al mundo y del arribo de inmigrantes. Con el cruce de múltiples datos y la propuesta de nuevas conceptualizaciones, algunos de esos trabajos permitieron profundizar en la comprensión del modo en que estaba formado ese electorado populista. Pero, al mismo tiempo, limitaron el entendimiento global del fenómeno al considerarlo implícitamente como un simple síntoma revelador de otras cosas que constituirían el verdadero objeto al que convendría dirigir la atención: por ejemplo, la declinación de la forma partido, el abismo que se abrió entre la clase política y la sociedad o la desaparición del clivaje entre una derecha y una izquierda igualmente incapaces de enfrentar las urgencias del presente. En este caso, no se piensa en la naturaleza del populismo sino en sus causas. Lo cual equivale a proponer, una vez más, un análisis del desencanto político y de las fracturas sociales contemporáneas.

La frecuente asimilación de los populismos a su dimensión protestataria, con el estilo político y el tipo de discurso que ella entraña, es una segunda manera de no evaluarlos como corresponde. 3 Esta dimensión innegable no debe ocultar el hecho de que constituyen también una verdadera propuesta política, con su coherencia y su fuerza positiva. La maquinal remisión de los populismos a figuras políticas del pasado, y especialmente a las tradiciones de extrema derecha, conduce además a subestimar su naturaleza. Aunque a menudo hayan nacido en su regazo, el fenómeno ha adquirido hoy una dimensión distinta (sin contar el desarrollo de un populismo que se reivindica de izquierda).

Debe destacarse asimismo que el establecimiento de las diversas tipologías del populismo frecuentemente propuestas tiene ciertos límites. Describir sus múltiples variantes (de derecha y de izquierda, con sus grados de autoritarismo, las diferencias de políticas económicas que les están asociadas, etc.) no ayuda a captar lo esencial: el núcleo de los elementos invariantes así como las reglas de diferenciación de los casos particulares. Una tipología puede, en última instancia, terminar situando cada caso particular en una categoría específica. No es entonces sino un catalogue à la Prévert , como se dice en francés. NT1 ¡Por ejemplo, una revista consideró esclarecedor distinguir 36 familias del populismo! 4 Semejante ejercicio es el opuesto exacto de un trabajo de conceptualización: solo una manera de disfrazar la incapacidad para captar la esencia de las cosas.

El problema es, al mismo tiempo, que estos populismos celebrados por unos y demonizados por otros siguen caracterizados de manera imprecisa y por ende inoperante. Se los ha remitido en lo esencial a aversiones y rechazos visceralmente expresados, o bien a proyectos reunidos en unos cuantos eslóganes (como ocurre con el famoso RIC 5 en Francia). Lo cual dificulta analizar su progreso y elaborar simultáneamente una crítica pertinente a su respecto. Para comprender los populismos en su plena dimensión de cultura política original, la cual redefine constantemente nuestra cartografía política, es forzoso advertir que todavía no se los ha analizado en esos términos. Sus actores, por otra parte, a pesar de algunas publicaciones o discursos notables que mencionaremos más adelante, no han teorizado realmente aquello de lo que son portadores. Hay aquí una excepción histórica. Entre los siglos XVIII y XX , todas las grandes ideologías de la modernidad estuvieron asociadas a la publicación de obras pioneras que vinculaban los análisis críticos del mundo social y político existente con visiones de futuro. Los principios del liberalismo habían sido enunciados por Adam Smith y Jean-Baptiste Say, Benjamin Constant o John Stuart Mill; el socialismo se fundó en las elaboraciones de Pierre Leroux, Proudhon, Jaurès o Kautsky; las obras de Cabet y Marx cumplieron el papel decisivo que conocemos en cuanto a dar forma al ideal comunista. El anarquismo, por su parte, se había identificado con los aportes de Bakunin y Kropotkin; el conservadurismo y el tradicionalismo encontraron sus campeones en Burke y Bonald. Las reglas del gobierno representativo habían sido claramente elaboradas por los padres fundadores franceses y estadounidenses mientras tenían lugar las revoluciones del siglo XVIII . Y podrían citarse muchos otros nombres más cercanos a nosotros para ilustrar las revisiones y profundizaciones de estas obras pioneras, fruto de los cambios económicos, sociales y políticos del mundo durante dos siglos.

Nada de esto ocurre con el populismo. No está vinculado a ninguna obra de magnitud comparable, a la altura de la centralidad que llegó a adquirir. 6 Se habló a su respecto de ideología blanda o débil. Estos calificativos son engañosos, y lo demuestra la capacidad de movilización del populismo, y aunque impliquen un juicio de valor, no tienen interés. Solo sucede que esta ideología no ha sido formalizada ni desarrollada. Simplemente, porque no les pareció necesario a sus propagandistas, hasta tal punto los electores atraídos por ellos son más sensibles a los gritos de enojo y a las denuncias vengativas que a los argumentos teóricos.

Este libro tiene por objeto proponer un primer esbozo de esa teoría faltante. Con la ambición de hacerlo en términos que permitan un abordaje radical –es decir, que vaya a la raíz de las cosas– de la idea populista. Lo cual implica reconocerla como la ideología ascendente del siglo XXI , reconocimiento necesario para elaborar su crítica en profundidad en el campo de la teoría democrática y social. Las páginas que siguen proponen emprender esa tarea en tres tiempos. Comenzarán por la descripción de la anatomía del populismo, instituyéndolo como tipo ideal. El segundo tiempo presentará una historia del populismo dirigida a integrar ese tipo ideal en una tipología general de las formas democráticas. Por último, la tercera parte estará consagrada a su crítica.

 

ANATOMÍA DEL POPULISMO

 

Esta parte se ha conformado en orden a la exposición de los cinco elementos constitutivos de la cultura política populista: una concepción del pueblo, una teoría de la democracia, una modalidad de la representación, una política y una filosofía de la economía y un régimen de pasiones y emociones. La concepción del pueblo fundada en la distinción entre «ellos» y «nosotros» es el elemento estudiado con más frecuencia. Nosotros enriquecemos esta descripción usual apoyándola en un análisis de la tensión entre el pueblo- cuerpo cívico y el pueblo-cuerpo social, y mostrando, en segundo lugar, el modo en que el término «pueblo» encuentra una capacidad renovada de puesta en forma de lo social en la era del individualismo de singularidad. La teoría populista de la democracia se apoya, por su lado, en tres elementos: la preferencia otorgada a la democracia directa (ilustrada por la sacralización del referéndum); una visión polarizada e hiperelectoralista de la soberanía del pueblo que rechaza a los cuerpos intermedios y se propone domesticar a las instituciones de carácter no electoral (como los tribunales constitucionales y las autoridades independientes); una aprehensión de la voluntad general en cuanto susceptible de expresarse de manera espontánea. En lo que atañe a la concepción populista de la representación, se vincula a la preeminencia otorgada a la figura de un «hombre-pueblo» con capacidad sensible de encarnación destinada a remediar el estado de mala representación [mal- representation] existente. El nacional-proteccionismo es, por añadidura, un elemento constitutivo de la ideología populista. Siempre y cuando se comprenda que no es solamente del orden de una política económica. En efecto, se arraiga profundamente en una visión soberanista de reconstrucción de la voluntad política y de atención a la seguridad de una población. La economía es aquí, por lo tanto, eminentemente política. La cultura política del populismo está explícitamente adosada a la movilización de un conjunto de emociones y pasiones cuya importancia es reconocida y teorizada. Distinguiremos aquí las emociones de intelección (destinadas a volver el mundo más legible mediante relatos de esencia complotista), las emociones de acción (el expulsionismo) NT2 y las emociones de posición (el sentimiento de abandono, de invisibilidad). El populismo ha sido pionero en reconocer y utilizar el rol de los afectos en política, yendo mucho más allá de las recetas tradicionales de la seducción. Como el tipo ideal del populismo fue elaborado a partir de estos cinco elementos, constituye la base sobre la que se entiende la diversidad de los populismos existentes; por otro lado, se pone especial atención en el análisis de la distinción entre populismo de izquierda y populismo de derecha.

 

LAS TRES HISTORIAS DEL POPULISMO

 

¿Tiene el populismo una historia? Si bien la respuesta a una pregunta tan frecuentemente planteada es positiva, debe precisarse de inmediato que hay tres maneras muy diferentes de concebir esa historia. Hagámoslo primero con la palabra «populismo»: es la más simple y la que se menciona más a menudo, pero expondremos sus elementos en el Anexo porque es relativamente de poca utilidad para comprender nuestro presente. La palabra apareció, de hecho, en tres contextos distintos, sin ninguna relación entre ellos y escasamente vinculados con lo que nosotros queremos decir al utilizarlo en la actualidad. Se trata en primer lugar del populismo ruso de los años 1870-1880, un movimiento de intelectuales y jóvenes de clases acomodadas e incluso aristocráticas, críticos de los proyectos de modernización de tipo occidental, que se habían propuesto «bajar hacia el pueblo», como rezaba su fórmula. NT3 Veían en las tradiciones de la comunidad agraria y de la asamblea local un punto de partida posible para la edificación de una nueva sociedad. Pensaban que los campesinos serían en Rusia la fuerza renovadora que se esperaba del proletariado en Occidente. Se trató de lo que podríamos llamar «populismo de arriba», que jamás movilizó a las masas populares. Tuvo no obstante una descendencia célebre, ya que algunos grandes nombres del anarquismo y el marxismo rusos dieron sus primeros pasos de militantes en este movimiento.

Una década después, nacerá en Estados Unidos un People’s Party cuyos partidarios eran calificados por lo general de populists . A principios de 1890 alcanzó cierto éxito, movilizando básicamente a una multitud de pequeños agricultores de las Grandes Llanuras en guerra con las compañías de ferrocarriles y los bancos con los que se habían endeudado. Pero este People’s Party no logró atraer a una audiencia nacional, pese al eco que encontró con su denuncia de la corrupción del mundo político y su llamado a una democracia más directa (temas que empezaban a aflorar por todas partes en el país y que dieron nacimiento al Progressive Movement, el cual, por su parte, obtendrá todo un conjunto de reformas políticas –organización de elecciones primarias, posibilidad de revocar sus cargos a las autoridades electas, organización de referéndums de iniciativa popular– que se instituirán en los Estados occidentales del país). El People’s Party fue un auténtico movimiento popular, pero permanecerá acantonado en un mundo agrícola geográficamente circunscripto sin ganar adhesiones en el electorado obrero. Por otra parte, ninguno de los populistas estadounidenses conocía la utilización precedente del término en Rusia.

La palabra hace su aparición en Francia en 1929, en un contexto completamente distinto y sin ningún lazo con estas dos historias precedentes. El «Manifiesto de la novela populista» que se publica entonces es, de hecho, un pronunciamiento estrictamente literario que, en la línea de la escuela naturalista, invita a los novelistas franceses a tomar más por objeto a los sectores populares. Al evocar este populismo, se pensó en Zola como antecesor, o en los contemporáneos Marcel Pagnol y Eugène Dabit. Estas tres historias paralelas no interactuaron entre ellas y no constituyen una prefiguración de los fenómenos contemporáneos, al revés de lo que sugieren en ocasiones referencias poco informadas.

Un segundo tipo de historia permite avanzar de manera más sugerente en la comprensión del populismo contemporáneo. Es la de momentos o regímenes que, sin haber reivindicado esa denominación, permiten entender mejor la dinámica de sus constituyentes esenciales y responden a nuestras preocupaciones de hoy. Hemos retenido tres. Primero, el régimen del Segundo Imperio, que ilustró de manera ejemplar el modo en que el culto del sufragio universal y del referéndum (calificado entonces de «plebiscito») podía estar asociado a la construcción de una democracia autoritaria, inmediata y polarizada que hoy se suele calificar de «iliberal». Para nosotros, el interés de este régimen está en que teorizó esa concepción al exponer claramente las razones por las que establecía a sus ojos una democracia más auténtica que la del modelo liberal-parlamentario. En segundo término, el laboratorio latinoamericano de mediados del siglo XX , ilustrado primeramente por las figuras del colombiano Gaitán y del argentino Perón, vuelve patentes las condiciones de expresión y puesta en práctica de la representación-encarnación, así como la capacidad de movilización de la oposición pueblo/oligarquía en sociedades que no eran de clases a la manera europea. El retorno sobre el período 1890-1914 presenta, por último, el interés de constituir un buen observatorio de las condiciones de ascenso de los temas populistas en tiempos de la primera globalización, especialmente en Francia y Estados Unidos. Ilustra bien las condiciones que redefinen los clivajes políticos más allá de la oposición tradicional derecha/izquierda. Y permite también comprender cómo fue que se pudo frenar la ola populista de la época. Se nos invita así a considerar un futuro no acontecido. Si bien el presente es siempre inédito, y aunque es preciso desconfiar de las analogías que reducen esta característica, los tres momentos que hemos evocado dan materia de reflexión.

Una historia global y comprensiva del populismo define un tercer enfoque que podemos calificar de indisociablemente social y conceptual. Apunta a profundizar nuestra comprensión del presente considerando el pasado como un repertorio de posibles abortados, como un laboratorio de experiencias que invitan a pensar los fiascos, los virajes, los tanteos. Se trata aquí de una historia extensa del carácter problemático de la democracia. No es la de un modelo ideal del que se investigaría el modo en que germinó, entendiéndose que alguna vez podría instalarse en su completud. En efecto, la historia de la democracia no tiene nada de lineal; está hecha de conflictos intelectuales permanentes acerca de su definición, marcada asimismo por luchas sociales intensas en torno a la instalación de algunas de sus instituciones centrales (piénsese en la conquista del sufragio universal de ayer o en el reconocimiento de los derechos de las minorías de hoy). Es una historia de promesas incumplidas y de ideales maltrechos en la que continuamos totalmente inmersos, como lo prueban la intensidad del desencanto democrático contemporáneo y la dificultad para hallar las condiciones de instauración de una verdadera sociedad de iguales. Una historia tumultuosa indisociable de la indeterminación estructural respecto de sus formas adecuadas, de las modalidades pertinentes para ejercer la soberanía colectiva, del establecimiento de normas de justicia aptas para formar un mundo de semejantes y de la definición misma del pueblo, sujeta siempre a controversia. Al mismo tiempo, las impaciencias de unos y los temores de otros conducen permanentemente a radicalizar los modos de apreciar las rupturas a consumar o los logros a preservar. Dentro de este marco, definiremos el populismo como una forma límite del proyecto democrático. Que flanquean otras dos formas límite: la de las democracias mínimas (reducidas a los derechos humanos y a la elección de los dirigentes) y la de las democracias esencialistas (definidas por la instalación de un poder- sociedad encargado de edificar el bien). Por su estructura y por su historia, cada una de estas formas se encuentra amenazada por modalidades específicas de degradación: la deriva hacia oligarquías electivas en el caso de las democracias mínimas, y el viraje totalitario del poder contra la sociedad en el de las democracias esencialistas. El populismo, constitutivo de una forma de democracia que hemos calificado de polarizada, está a su vez amenazado, cuando funda un régimen, de derivar hacia una democradura [démocrature] , es decir, hacia un poder autoritario dotado empero de cierta capacidad (variable) de reversibilidad.

 

SOBRE LA CRÍTICA DEL POPULISMO

 

La crítica política más común del populismo consiste en tacharlo de iliberalismo, es decir, tendencia a subestimar la extensión («societal») de los derechos individuales frente a la afirmación de la soberanía colectiva, y a la vez tendencia a acusar a los cuerpos intermedios de contrariar la acción de los poderes surgidos de elecciones. Yo mismo hablé hace veinte años de «democracia iliberal» a propósito del Segundo Imperio 7 y retomé el término más recientemente en relación con los regímenes populistas. Sigue pareciéndome apropiado para calificar una tendencia observable en casi todos los casos. Ahora bien, ya no pienso que pueda representar el eje rector de una crítica eficaz, es decir, de una crítica que exponga argumentos capaces de modificar una opinión opuesta. Por la simple razón de que los cantores del populismo rechazan explícitamente esa democracia liberal como reductora y confiscatoria de una democracia auténtica. Vladímir Putin, propagandista de la democracia así llamada «soberana», afirmó enfáticamente que el liberalismo se había vuelto «obsoleto», 8 y el propio Viktor Orbán destacó que «una democracia no es necesariamente liberal». 9 Por lo tanto, es en el terreno de una crítica democrática del populismo como conviene interpelar y discutir a los nuevos campeones de ese ideal.

La vida política es un cementerio de críticas y de alertas que resultaron impotentes para modificar el curso de las cosas. Lo experimenté al estudiar la historia del siglo XIX . Cuando vi, por ejemplo, la incapacidad de la oposición republicana a Napoleón III para comunicar sus argumentos al conjunto de los franceses. Eructaban contra un régimen al que denunciaban con toda razón como liberticida, pero al mismo tiempo eran incapaces de desmontar la pretensión del régimen de honrar más que sus predecesores la soberanía del pueblo recurriendo al plebiscito. 10 En pocas palabras, no tuvieron la inteligencia de su indignación. Es lo que sucede hoy con quienes se conforman con una crítica liberal del populismo. Este libro quiere romper el sortilegio proponiendo una crítica profunda de la teoría democrática que estructura la ideología populista.

Esta tarea adopta primero la forma de un análisis, minuciosamente fundado, de los límites del referéndum frente a proyectos de realización democrática. Se trata a continuación el problema de la polarización democrática, destacando que, si es propósito de la democracia hacer a una comunidad dueña de su destino, no puede sostenerse únicamente en el ejercicio de un poder electoral-mayoritario. Como este poder no es más que una manifestación convencional –pero notoriamente imperfecta– de la voluntad general, esta última debe adoptar expresiones complementarias si quiere dar cuerpo al ideal democrático de un modo más consistente. Las nociones de «poder de nadie» y «poder de cualquiera», otras dos aprehensiones del «nosotros» democrático, son expuestas aquí, junto con los dispositivos institucionales que se les puede asignar, para señalar el estrechamiento que implica una concepción exclusivamente electoralista del poder de todos. Se demuestra también en esta ocasión que instituciones como las cortes constitucionales y las autoridades independientes, consideradas por lo común bajo el solo prisma de su dimensión liberal, tienen ante todo un carácter democrático. Constituyen, de hecho, una garantía del pueblo frente a sus representantes. Esta perspectiva invita al mismo tiempo a pensar las relaciones del liberalismo y la democracia, es decir, de la libertad y la soberanía. Se examina a continuación la concepción populista de la noción de pueblo en términos inclusivos y no exclusivos, desplegando una crítica de tipo sociológico de la oposición entre los del 1% y los del 99%. A la vez que, en este contexto, la noción de «sociedad democrática a construir» se opone a la de un pueblo-Uno imaginario.

A estas diferentes críticas de orden teórico se añaden las referidas a las prácticas de los regímenes populistas. En particular, con las condiciones de implementación del principio de polarización de las instituciones: modificación del papel y los modos de organización de los tribunales constitucionales, supresión o manipulación de las autoridades independientes, y sobre todo de las comisiones de control electoral, donde ellas existen. Se añaden a estos elementos los datos relativos a la política respecto de los medios de comunicación, las asociaciones o los partidos opositores. El conjunto de estos elementos da cuerpo al calificativo de «iliberalismo», el cual adquiere un significado que podemos apreciar entonces concretamente (la relación con las prácticas y justificaciones del Segundo Imperio respecto de estos puntos resultará asombrosa). Se pondrá en estas páginas una atención particular a los dispositivos jurídicos desplegados para organizar la irreversibilidad de estos regímenes y su instalación en el largo tiempo, casi siempre con el levantamiento de las limitaciones del número de mandatos que es posible efectuar en forma sucesiva.

 

LA ALTERNATIVA

 

Antes de ser examinado como un problema, el populismo debe ser entendido como una forma de respuesta a los conflictos contemporáneos. Este libro lo toma en serio analizándolo y criticándolo como tal. Pero dicha crítica solo puede cumplir de lleno su función si se prolonga en el esbozo de una propuesta concurrente. 11 A ello se consagran las últimas páginas de este trabajo, que presentan las grandes líneas de lo que podría constituir una soberanía del pueblo generalizada y multiplicada que, lejos de simplificar o polarizar a la democracia, la enriquece. Perspectiva que descansa en su definición como trabajo permanente a realizar, como una exploración a ser proseguida, y no como un modelo cuyos rasgos podrían ser reproducidos fielmente al volver la última página del relato de los conflictos y debates sobre su forma adecuada.

 

1  . Cabe señalar que lo mismo sucedió en el pasado con la palabra «democracia», particularmente en Estados Unidos. Al iniciarse el siglo XIX , ser tratado de «demócrata» en ese país era un insulto. El término equivalía a «demagogo», y por entonces democracia quería decir, en boca de los padres fundadores y sus descendientes, «poder del motín» o «reinado de las pasiones del populacho». Los republicanos de la época (el partido de Jefferson) rebautizaron su organización como «Partido demócrata» a fines de la década de 1820, con intención provocativa. Véase sobre este punto la historia documentada de Bertlinde Laniel, Le mot «democracy» et son histoire aux États-Unis de 1780 à 1856 ,

Saint-Étienne, Publications de l’université de Saint-Étienne, 1995.

2  . Entrevista publicada en L’Express del 16 de septiembre de 2010. Lo había dicho también en su libro Qu’ils s’en ailllent tous! Vite, la révolution citoyenne , París, Flammarion, 2010. Allí se lee: «Que las bellas personas, los satisfechos, sus bufones y todos los dadores de lecciones que se las dan de superiores enrojezcan de indignación. Pueden blandir sus ridículas tarjetas rojas: “¡Populismo!”, “¡Aberración!” Lo asumo» (pp. 11-12).

3  . Yo mismo tomé en el pasado esta senda reduccionista al considerar el populismo como una caricatura del principio contrademocrático. (Véase mi obra La contre-démocratie. La politique à l’âge de la défiance , París, Seuil, 2006, pp. 269-277 [trad. cast.: La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza , Buenos Aires, Ediciones Manantial, 2007].

4  . Dossier «Les 36 familles du populisme», Éléments , n.° 177, abril-mayo 2019. 5 . Sigla de «Referéndum de iniciativa ciudadana».

6   . Aun cuando se deba celebrar el esfuerzo de conceptualización, desde la izquierda, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Autores que por otra parte no tienen equivalentes en la extrema derecha.

7   . En La démocratie inachevée. Histoire de la souveraineté du peuple en France , París, Gallimard, 2000 [trad. cast.: La democracia inconclusa: historia de la soberani´a del pueblo en Francia , Bogotá, Taurus, 2006].

8   . Véase su entrevista en el Financial Times del 28 de junio de 2019.

9   . Véase su discurso programático del 26 de julio de 2017 en Baile Tusnad.

10                   . Régimen que por otro lado restableció el sufragio universal eliminado en 1849 por los republicanos de orden.

11                   . Aquí reside la debilidad de las concepciones del populismo como «patología» de la democracia. De hecho, se da a entender así que las democracias existentes constituirían una referencia acabada del proyecto democrático, una norma de referencia de la que los populismos serían una desviación. Esto supone descuidar el carácter estructural de la indeterminación democrática y el hecho de que la democracia es por consiguiente un régimen inestable, en continua exploración de sus aporías. Yo mismo he utilizado esa denominación en mis primeros escritos consagrados al tema. Véase, por ejemplo, mi artículo «Penser le populisme», Le Monde , 22 de julio de 2011.

NT1 . «“Catálogo” –“lista” o “inventario”– a lo Prévert»: locución que hace referencia al poema de Jacques Prévert, L’inventaire , y significa lista, enumeración heteróclita, inventario que en apariencia no tiene pies ni cabeza. En efecto, traducido al español, comienza de este modo: «Una piedra / dos casas / tres ruinas / cuatro sepultureros / un jardín / flores / un mapache / una docena de ostras / un limón / un pan» y así sucesivamente. (N. de la T.)

NT2 . Traducimos así el neologismo dégagisme , del verbo dégager , «echar», «despedir». En esta forma evitamos el galicismo «degagismo», a nuestro juicio innecesario. (N. de la T.)

NT3 . «Descendre vers le peuple .» Traducimos aquí el verbo descendre por «bajar» («descender»), pero dejando constancia de que también se usa en el habla corriente con el sentido de «salir» (de algún

lugar, a algún lugar). (N. de la T.)

 

 

 

 

 

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