Preámbulo
“Para la prensa, como para el hombre, la libertad solo ofrece una posibilidad de ser mejor”. Con esta reflexión, Albert Camus nos recordaba la importancia de la información en nuestras sociedades democráticas. Sin embargo, en el vertiginoso mundo digital en el que vivimos, esta libertad se encuentra constantemente amenazada por un enemigo omnipresente: la desinformación. Este fenómeno, que va mucho más allá de simples bulos, socava la confianza pública, alimenta la polarización y pone en jaque la convivencia social.
En los últimos años hemos visto como la desinformación se ha convertido en una herramienta poderosa para moldear percepciones, influir en elecciones democráticas y generar caos en momentos de crisis. Desde teorías conspirativas hasta manipulaciones de datos, el espectro de la desinformación abarca prácticas tan diversas como peligrosas. Este problema no solo afecta a los Gobiernos y a las instituciones, sino también a cada uno de nosotros como individuos. En un ecosistema mediático cada vez más fragmentado y dominado por algoritmos, el pensamiento crítico se ha convertido en una herramienta de supervivencia.
No obstante, la desinformación no es un fenómeno nuevo, como se explica a lo largo de este volumen. Desde la difusión de bulos sobre Nerón en la antigua Roma hasta las mentiras propagadas por los medios en la guerra de Cuba, la historia está repleta de ejemplos de cómo la manipulación de la información ha sido utilizada con fines políticos, económicos y sociales. Pero lo que distingue a nuestra era es la velocidad y el alcance con los que se propaga. La revolución digital ha democratizado la comunicación, permitiendo que cualquier persona con un smartphone pueda convertirse en emisor de mensajes. Al mismo tiempo, esta democratización ha abierto las puertas a una avalancha de contenidos que, sin filtros adecuados, puede confundir, dividir y desorientar.
Un factor crucial en la propagación de la desinformación es la polarización. Nuestra sociedad está cada vez más dividida en “tribus” ideológicas que refuerzan sus propias creencias mientras rechazan cualquier información que contradiga sus puntos de vista. Las redes sociales han intensificado este fenómeno, creando “filtros burbuja” que nos exponen únicamente a aquello que queremos ver y escuchar. Esta fragmentación no solo mina el debate público, sino que también alimenta el discurso de odio y exacerba las tensiones sociales.
Si esta situación ya era preocupante, la aparición de la inteligencia artificial (IA) ha agregado una nueva capa de complejidad a esta situación. Herramientas como los generadores de texto, los bots y las aplicaciones de manipulación de imágenes y vídeos han hecho que sea más fácil que nunca crear y distribuir contenido manipulado. Desde deepfakes que alteran rostros en vídeos hasta algoritmos que crean cuentas falsas para amplificar mensajes radicales, la IA está redefiniendo cómo percibimos la realidad. Esta tecnología, si bien tiene un enorme potencial para el progreso, también plantea serias preguntas sobre la ética y la responsabilidad en el espacio informativo.
Los medios de comunicación tradicionales, antiguos gerentes del derecho a la información, también enfrentan una crisis profunda. La precariedad económica de muchas empresas periodísticas ha llevado a una disminución de los estándares éticos y a un aumento del sensacionalismo. En busca de clics y audiencia, algunos medios han sacrificado la calidad por la inmediatez, contribuyendo así al ciclo de desinformación.
En este contexto, Guía contra la desinformación. Claves para navegar en la era de la polarización surge como una herramienta imprescindible. Este libro es una herramienta muy útil para investigadores, docentes y profesionales de la comunicación, pero también para cualquier persona que quiera entender y protegerse frente a las amenazas que supone la desinformación. Aquí encontrarás claves prácticas para identificar bulos, comprender los mecanismos que subyacen a la desinformación y navegar de manera crítica por un ecosistema mediático complejo. Desde cómo funcionan los algoritmos en las redes sociales hasta qué herramientas de verificación están disponibles al alcance de todos, este libro ofrece un recorrido completo por las principales amenazas informativas de nuestro tiempo y las estrategias para enfrentarlas.
Además, exploramos el papel de la alfabetización mediática e informacional como una de las soluciones más efectivas para combatir esta problemática. Como ciudadanos, tenemos la responsabilidad de reconocer cómo funcionan los sesgos cognitivos, los discursos polarizantes y las estructuras que perpetúan la desinformación. De la misma manera, compartir conocimiento sobre estos desafíos puede fortalecer nuestras democracias y garantizar un acceso más equitativo a la verdad.
A lo largo de estas páginas también reflexionamos sobre el futuro de la información. En un mundo cada vez más tecnologizado, debemos preguntarnos cómo podemos equilibrar el progreso con la ética y la responsabilidad. El futuro dependerá de nuestra capacidad para legislar, educar y promover una cultura de transparencia y pensamiento crítico.
La desinformación es un problema complejo que no tiene una solución sencilla, pero eso no significa que estemos totalmente desprotegidos. Con conocimientos y estrategias adecuadas, podemos resistir su influencia y contribuir a un ecosistema informativo más saludable y equitativo. Esta obra es una invitación a ser parte de esa solución. Al concluir su lectura, esperamos que cada persona no solo se sienta más preparada para identificar y combatir la desinformación, sino que también sea más consciente del papel que todos jugamos en la defensa de la verdad.
Parte I
Introducción a la desinformación
Capítulo 1
Qué es la desinformación y por qué es tan importante
“El periodismo constituye un órgano de la democracia a cuyo florecimiento contribuye siempre de modo notable, siendo también partícipe en la responsabilidad de su decadencia”, dijo el alemán Emile Dovifat (1980) recogiendo la creencia de la teoría liberal democrática de que la libertad de prensa es el termómetro de la salud del sistema.
Que la prensa sea “órgano de la democracia” tiene que ver con que la información es el instrumento principal que permite a las personas formar juicios sobre lo que las rodea para conocer su entorno. Este conocimiento de la realidad se traduce en una mejor capacidad de elegir. Una prensa libre y crítica es, por tanto, un componente esencial de la democracia, en la medida en que garantiza la pluralidad y la libertad. Pero la prensa, según Dovifat, es también responsable de la decadencia del sistema. Este compromiso es mucho más difícil de mantener en un contexto en el que los difusores de contenido no deben tener ninguna formación ni la necesidad de obedecer a ningún tipo de ética o compromiso profesional.
Debido a esta situación, existe en la actualidad una preocupación notable por cómo la mala praxis de los medios está socavando la salud de las democracias más consolidadas. Según el comparador de tendencias de búsquedas Google Trends, el término fake news comenzó a generar interés a nivel mundial en el segundo trimestre del año 2017, coincidiendo con los primeros meses de mandato de Donald J. Trump. A lo largo de esos meses, se creó una sombra de sospecha generalizada sobre la veracidad de los mensajes que se reciben a través de distintas plataformas —prensa, radio, televisión y, sobre todo, internet—, que hoy en día no se ha disipado. Que actores políticos tan relevantes como el 45º presidente de Estados Unidos de América señalaran cada día a los medios de comunicación por publicar informaciones poco favorables provocó que la expresión fake news sea hoy en día un concepto insertado en nuestro vocabulario cotidiano.
Pese a que cada día se escuche este término y que esto haya ayudado a la sociedad en general a mantener un posicionamiento crítico con la información que recibe, lo cierto es que el término fake news está considerado por diversos autores de prestigio, como Edson Tandoc Jr. o Luis Romero-Rodríguez, como un concepto incorrecto (Tandoc Jr., Lim y Ling, 2017; Romero-Rodríguez, Valle-Razo y Torres-Toukoumidis, 2018). En español, fake news significa “noticia falsa”. Si se consulta la definición de noticia en el diccionario de la RAE, se observa una relación directa con el concepto “información”, es decir, con la verdad. Por tanto, una noticia no puede ser falsa, ya que para que cualquier tipo de conocimiento sea catalogado como tal, entre otras cuestiones, debe ser veraz. Esto significa que fake news es un oxímoron, como “silencio atronador” o “apuesta segura”; una figura retórica interesante desde un punto de vista literario, pero poco riguroso para aludir a un problema tan importante para las sociedades como la desinformación. Además, la utilización de este concepto pone directamente el foco sobre los medios de comunicación como creadores y difusores de este tipo de contenido, algo que desde la expansión de la web 2.0 ya no es así. Por todo esto, es muy necesario abandonar el concepto fake news y comenzar a utilizar otros como “falsedades” o “bulos”.
Además de este error conceptual, no se debe creer que los bulos o las fake news y el problema de la desinformación sean sinónimos. La desinformación es una realidad mucho más amplia, compleja y heterogénea que la mera difusión de mentiras.
Para comprender lo que engloba a la desinformación debemos partir de dos tipos de “desórdenes informativos”, es decir, de situaciones comunicativas que tienen relación formal con el periodismo, pero cuya consecuencia no es la de informar, sino generar falsedad y causar daño. Forman parte de estos las informaciones creadas sin intención maliciosa, pero que incurren en errores, ya sea porque los emisores de estas no son profesionales y, por tanto, desconocen los procesos que deben seguirse para publicar una noticia o, directamente, por malas prácticas en el caso del periodismo profesional. En este desorden informativo también entrarían aquellos contenidos que nacen como satíricos, pero que se difundieron para que se tomen como verdaderos. Autores como Wardle y Derakhshan (2017) los han catalogado como misinformation o información errónea.
Por otro lado, cuando los emisores publican información que no es necesariamente falsa, pero que se deforma o encuadra maliciosamente con el fin principal de causar algún perjuicio, se ha denominado como malinformation o información manipulada. Formarían parte de este tipo de desórdenes todas las filtraciones sin verificar, la información presentada con contextos falsos, cuando se incluyen declaraciones de fuentes anónimas, declaraciones reales que no son parte de la misma realidad, campañas de acoso con información privada o aquellas piezas con enfoque de discurso de odio.
La unión de estos dos desórdenes informativos es lo que Wardle y Derakhshan denominaron como disinformation o desinformación. Como se puede apreciar, por tanto, este fenómeno es mucho más amplio y tiene más ramificaciones que la mera difusión de noticias falsas. De hecho, cuando una noticia es cien por cien irreal, es más difícil que sea asumida por el receptor y, por tanto, es menos efectiva para los fines que se ha creado. Esto es lo que convierte el problema de la desinformación en una cuestión que impregna nuestra vida social y cuya solución no es nada sencilla. Es un problema líquido en el que intervienen conceptos y debates aún más amplios como la posverdad, la libertad de expresión, el discurso de odio, el desarrollo tecnológico, así como la alfabetización mediática o el control de la opinión pública, cuestiones en las que se profundizará en los siguientes capítulos.
Como lleva ocurriendo desde hace siglos, los generadores últimos de la desinformación son los grandes poderes políticos y económicos: Gobiernos, empresas, partidos, servicios de inteligencia y movimientos sociales. Las organizaciones de este tipo tienen intereses claros en orientar las voluntades de los ciudadanos con fines más o menos legítimos, pero con la consecuencia inevitable de que la ciudadanía sea menos libre. Para ello, se utilizan distintas estrategias de control de los mensajes dependiendo del hábitat en el que se esté produciendo.
En el ecosistema mediático siguen utilizando las técnicas tradicionales de propaganda y relaciones públicas. Por ejemplo, los grandes capitales públicos o privados pueden participar directamente en los medios mediante grandes compras de espacios publicitarios que convierten a ese anunciante en imprescindible para su supervivencia. Del mismo modo, estas organizaciones tienen la capacidad de influir y amedrentar a los periodistas. También, los gabinetes de comunicación, cada vez con mayor poder en las estrategias generales de las grandes organizaciones, diseñan planes de medios que buscan potenciar las oportunidades y fortalezas de las organizaciones y silenciar por todos los medios sus debilidades y amenazas.
En el ecosistema digital utilizan armas mucho más poderosas y difíciles de localizar: páginas falsas con apariencia profesional, cuentas zombis en las redes sociales, fábricas de noticias virales para lograr el clic, explotación de datos para segmentar sus mensajes, fomento de teorías y comunidades conspirativas. El gran aliado de la desinformación, sobre todo en el entorno digital, es la capacidad de replicación exponencial, es decir: la viralidad (Wardle, 2019).
Aquellos agentes interesados en que este tipo de mensajes se difundan conocen a la perfección el funcionamiento de la red y, sobre todo, de la mente humana: ¿por qué compartimos ese tipo de contenido? Primero, porque atrapa nuestra atención al despertar en nosotros emociones, sobre todo de indignación o superioridad moral, porque nos presenta una imagen de nosotros con la que nos identificamos y diferenciamos. Y, segundo, porque queremos mostrarnos con esa imagen ante nuestra comunidad (Igartua, Muñiz y Otero, 2006).
En el siglo XXI, la desinformación se ha convertido en un problema crítico para las sociedades modernas, afectando a diversos aspectos de la vida cotidiana, desde la política hasta la salud pública. La era digital ha facilitado el acceso a la información a niveles sin precedentes, pero también ha abierto las puertas a la proliferación de contenido de este tipo. Este fenómeno tiene profundas implicaciones negativas para la cohesión social, la democracia y el bienestar individual y colectivo.
Uno de los principales motivos por los que la desinformación es tan perniciosa en nuestras sociedades es su capacidad para erosionar la confianza pública. En una democracia funcional, la seguridad en las instituciones, en los medios de comunicación y entre los ciudadanos es esencial. Sin embargo, la desinformación mina esta confianza al difundir noticias falsas y teorías conspirativas que polarizan a la sociedad. Cuando las personas no pueden discernir qué información es veraz, se vuelven escépticas y desconfiadas, lo que socava la cohesión social y puede llevar a la fragmentación y el conflicto.
La desinformación también es un grave peligro para la salud pública. Un ejemplo claro de esto es lo que ocurrió durante la pandemia de COVID-19 (Salaverría et al., 2020). Durante la crisis sanitaria, los bulos sobre la enfermedad, su transmisión y las vacunas se difundieron rápidamente, complicando los esfuerzos de los Gobiernos para controlar el virus. La proliferación de teorías conspirativas y bulos sobre las vacunas llevó a una significativa resistencia a la vacunación en muchos sectores de la población, lo que resultó en tasas de infección más altas y una mayor mortalidad. Esto demuestra como la desinformación puede tener consecuencias directas y letales para la salud pública.
El avance de la tecnología también ha facilitado la creación y distribución de desinformación. Las redes sociales y las plataformas digitales permiten que la información se difunda a una velocidad vertiginosa y alcance a una audiencia global en cuestión de minutos. Los algoritmos de estas plataformas están diseñados para maximizar el compromiso del usuario, lo que a menudo significa priorizar contenido sensacionalista o polarizante, que tiende a incluir desinformación (Masip, Suau y Ruiz-Caballero, 2020). Esta dinámica crea un ciclo pernicioso donde las falsedades no solo se propaga rápidamente, sino que también se refuerza a través de la repetición y la exposición constante.
En conclusión, la relevancia de la desinformación en la actualidad trasciende su capacidad para erosionar la confianza de la sociedad, poner en peligro la salud pública y socavar los procesos democráticos. La rápida difusión de bulos facilitada por la tecnología moderna exacerba estos efectos, creando desafíos significativos para las sociedades contemporáneas que, a través de esta guía, pretendemos abordar, ofreciendo materiales de utilidad, prácticas y recursos a vuestra disposición.
ÍNDICE
Guía contra la desinformación
PREÁMBULO
PARTE I. INTRODUCCIÓN A LA DESINFORMACIÓN
CAPÍTULO 1. QUÉ ES LA DESINFORMACIÓN Y POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE
CAPÍTULO 2. EJEMPLOS DE DESINFORMACIÓN A LO LARGO DE LA HISTORIA
CAPÍTULO 3. LA EVOLUCIÓN DEL DERECHO A LA INFORMACIÓN Y LA LUCHA CONTRA LA DESINFORMACIÓN
PARTE II. CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LA DESINFORMACIÓN EN LA ACUTALIDAD
CAPÍTULO 4. LA ERA DE LA POSVERDAD
CAPÍTULO 5. LA POLARIZACIÓN POLÍTICA Y EL CRIPTODISCURSO DE ODIO
PARTE III. CÓMO COMBATIR LA DESINFORMACIÓN
CAPÍTULO 6. LA ALFABETIZACIÓN MEDIÁTICA E INFORMACIONAL (AMI) Y LA METAALFABETIZACIÓN
CAPÍTULO 7. RECOMENDACIONES PARA LUCHAR CONTRA LA DESINFORMACIÓN Y HERRAMIENTAS PARA LA COMPROBACIÓN DE INFORMACIONES
CAPÍTULO 8. LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL (IA): ¿AMENAZA U OPORTUNIDAD?
NOTA